
Al principio David Torres guarda las distancias. El autor que quedara finalista del Premio Nadal 2003 con ‘El gran silencio’ se esconde tras las gafas de sol durante el grueso de la entrevista y sólo descubre su mirada cuando restan pocas preguntas, es decir, cuando se ha asegurado de que el periodista no le busca las cosquillas. Realmente, parece un hombre desconfiado. Si usáramos una de las metáforas que tanto abundan en sus ‘Bellas y Bestias’ (La Noche Polar) –recopilación de sus retratos de personajes madrileños en suplemento M2 de ‘El Mundo’-, diríamos que David Torres es como San Pedro empuñando su espada antes de que los centuriones apresen a Jesús, y si buscáramos un símil con Roberto Esteban, protagonista de ‘El gran silencio’ ahora rescatado en ‘Niños de tiza’ (Algaida) –novela negro-social sobre la infancia de ese personaje en un barrio madrileño durante la Transición española y ganadora del XXX Premio Tigre Juan-, compararíamos a Torres con un boxeador estudiando a su contrincante.
-En tu blog de Hotel Kafka comentas que no te gustan las novelas de tintes autobiográficos, pero al mismo tiempo reconoces que en ‘Niños de tiza’ hay aspectos de tu propia infancia.
-En casi todas mis novelas oculto mi rostro tras varias máscaras, pero en ‘Niños de tiza’ he cedido la escenografía de mi infancia en un barrio madrileño durante los últimos años del franquismo. He querido rendir homenaje a los niños que vivimos esa época mientras jugábamos en la calle. Esos niños eran de tiza porque alguien los borró de la pizarra donde estaban dibujados, diluyéndolos entre dos generaciones, la de los chavales de Franco y la de los críos de la Gameboy. Nosotros estamos en medio y no se sabe muy bien ni de dónde venimos ni a donde fuimos.
-Últimamente han surgido varios autores de tu quinta que también han retratado esa época: Carlos Peramo, Javier Pérez Andujar, Cristina Grande…
-No los he leído, pero resulta lógico que estemos en el mismo punto. Además, el hecho de que los autores de mi edad estemos abordando ese tema es bueno, porque literariamente la infancia es un tema muy difícil. Hacer hablar a un crío cuesta mucho. En mi caso, estoy orgulloso de haber recuperado ciertos giros del habla que ya se han perdido, como el uso de la palabra ‘macho’ en vez de ‘tío’.
-Leo en la novela: ‘No sé en otros barrios, pero en el mío no era fácil ser niño’. Y leo en el autorretrato que incluyes en ‘Bellas y Bestias’ que de pequeño recibiste bastantes collejas.
-Como ocurre en toda novela, yo también he corregido la historia. Si fuera un libro de memorias, contaría la verdad, pero no lo es, así que mezclo mis recuerdos con los del protagonista. Roberto Esteban es la personificación del tipo que me hubiera gustado ser, pero que no fui: un matón con buenos sentimientos. El personaje es una reedición del eterno de Don Quijote: un caballero andante obsesionado por hacer justifica donde no la hay y que, pese a sus buenas intenciones, será mal visto allá donde vaya.
-¿Qué es más fácil: crear un personaje nuevo o reconstruir uno que ya existía en ‘El gran silencio?
-Depende. Durante la escritura de ‘El gran silencio’ me encariñé de Esteban, principalmente por su chulería y sus réplicas. Desde un principio me pareció un tipo muy divertido. Recuerdo que al principio temí que las lectoras no lo entendiesen, más que nada por parecerles un boxeador demasiado rudo, pero muchas mujeres me han dicho que es un personaje muy atractivo. Por otra parte, a la hora de reconstruir al protagonista que ya usaste en otra novela, te ves obligado a respetar ciertos enganches, como pueda ser la sordera de Esteban. Por suerte, en ‘El gran silencio’ la infancia de Esteban ya estaba apuntada, así que sólo he tenido que matizar todas aquellas pistas.
-La escena donde describes a esos vendedores de pollitos coloreados artificialmente es una de las más contundentes del libro. Sobre todo cuando aseguras que esos pollitos ejemplificaban la estafa del futuro, porque inevitablemente perderían el color cuando crecieran. ¿Crees que los de tu generación se han sentido estafados respecto al futuro?
-Eso es algo que le pasa a todas las generaciones. Por eso me interesa la gente que continúa llevando un niño dentro, la que sigue viendo la vida como un pollito de colores, aun cuando sea evidente que se convertirá en un pollo espantoso. Me gustan las personas que, pese a haberse decepcionado varias veces, siguen pensando que todo mejorará, actitud obviamente infantil.
-En ‘Niños de tiza’ tocas muchos palos: novela social, realista, histórica, de formación…
-Pero yo me quedo con la novela negra, que siempre incluye algo de novela social y que, siendo como un corte vertical sobre la sociedad, te permite mostrar todas las capas sociales. Lo de la novela histórica es evidente, porque, aunque la gente tienda a pensar que lo histórico tiene que tratar sobre el Medievo, lo cierto es que la Transición ya es historia. Ya no queda nadie con la personalidad que tenía en aquel entonces. Hace treinta años, en esta plaza donde nos encontramos, había niños corriendo en pantalones cortos, tirando piedras a los perros, cruzando la calle a lo loco… Y hoy no hay un solo niño. Porque fueron borrados de la pizarra. Ya no están y las nuevas generaciones son absolutamente diferentes.
-En la novela dices que el boxeo es como la vida. Y la literatura española, ¿cómo es?
-Aunque los escritores seamos muy competitivos, no podemos comparar la literatura española con el boxeo. Porque los autores españoles han perdido el centro del cuadrilátero, si es que alguna vez lo tuvieron. Ni siquiera los franceses, que eran aquellos lugartenientes de los que hablaba Walter Benjamín, han conseguido mantenerse en el ring. Quizá el cine ocupa ese puesto, aunque no el cine español, claro está. Lo más lógico sería pensar que hoy el centro del cuadrilátero lo ocupa todo lo virtual.
-Aprovechando este comentario sobre lo virtual y aprovechando también que fuiste un niño de la Transición, ¿tú eres nocillero?
-Lo soy porque comía Nocilla de pequeño. Por nada más. Tengo muy buena relación con Agustín Fernández Mallo, pero creo que en torno a él se han agrupado una serie de elementos que no tienen nada que ver con su trabajo. Además, la supuesta novedad de la propuesta Nocilla no es tal. Existe desde Cortázar. Puede que incluso desde antes. Por eso la vanguardia literaria española me recuerda más a una retaguardia que a otra cosa. Por suerte, muchos escritores nos hemos dado cuenta de eso e, igual que los músicos han vuelto a la tonalidad, nosotros hemos retomado nuestra función de simples contadores de historias.
-Hablando de ‘Bellas y Bestias’, ¿qué diferencia hay entre el ‘Señoras y Señores’ que escribió Juan Marsé en el ‘Por favor’ de los 70 y tus retratos publicados en ‘El Mundo’?
-Marsé es la diferencia. (Risas). Juan Marsé tiene una de las prosas más espléndidas de este país, sólo comparable a la de Delibes. Por otra parte, yo estaba limitado a personajes muy vinculados a Madrid, así que no pude retratar a tipos tan interesantes como Bush y Putin, cosa que me habría encantado hacer.
-Los retratos de este libro fueron escrito a lo largo de todo un año para ser publicados en el suplemento M2 de ‘El Mundo’. ¿Qué pensaste cuando leíste del tirón lo que habías ido escribiendo de un modo pausado?
-Me di cuenta de que el campo semántico se repetía. Además, siempre comparaba a las mujeres con hadas y a los hombres con personajes bíblicos. No tengo hermanas, así que supongo que mi visión de las mujeres está idealizada, y así me va. En cuanto a los hombres, pues no sé por qué, pero siempre los imagino relacionados con asuntos bíblicos. Pero tampoco voy tan desencaminado, porque Javier Krahe tiene realmente pinta de niño-santo y Sabater parece realmente un profeta…
(Publicado en
Qué Leer, junio 2008)