28 de diciembre de 2008

Hélène Berr: la Ana Frank francesa


Las editoriales se han propuesto revisar la historia de la ocupación nazi sobre Francia. Si hace unos meses se publicaba ‘La Resistencia’ (RBA), donde Agnès Humbert explicaba el modo en que los intelectuales lucharon contra la invasión, ahora se editan los ‘Diarios’ (Anagrama) de Hélène Berr, conocida como la Ana Frank francesa, una estudiante de la Sorbona que a sus veintiún años tenía una vida extremadamente feliz, hasta que las leyes antijudías de Vichy la deportaron al Campo de Tránsito de Drancy, desde donde sería deportada a Auschwitz, formando parte de la posterior ‘Marcha de la muerte’ de Bergen-Belsen. Las últimas palabras de su diario dan la medida de su sufrimiento: ‘¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!’.

Foto: Memorial del Holocausto. Colección Job.

Publicado en Yo Dona (enero'09)

Los buenos libros salvan vidas


Esta novela tiene un título tan llamativo, amén de largo, que cuesta reprimir las ganas de echarle una vistazo: ‘La sociedad literaria y del pastel de piel de patata de Guernsey’ (RBA). Pero no es éste el motivo por el cual se está convirtiendo en un best-seller mundial, sino la calidad del texto y honestidad de las autoras. La obra narra las vicisitudes de una escritora londinense que, al término de la II Guerra Mundial, busca una historia sobre la cual basar su próxima novela. Por circunstancias de lo más casuales, la letraherida inicia una correspondencia con un grupo de ciudadanos de Guernsey (isla del Canal de la Mancha bajo dominio británico que fue ocupada por los nazis), quienes le explican el modo en que, durante la invasión, formaron una sociedad literaria (léase ‘club de lectura’) para eludir la deportación a un campo de concentración. Obligados a fingir un interés por la literatura que en verdad no sienten, este grupo de campesinos, aldeanos y, en general, gentes incultas van adentrándose en el mundo de los libros, lo cual engrandecerá sus espíritus y amentará sus lazos de amistad hasta tal grado que su vida cambiará para siempre.
Con este argumento en apariencia tan sencillo, Mary Ann Shaffer, en colaboración con Annie Barrows, han dado al mundo una novela que transmite, como pocas otras lo han hecho, un amor desaforado hacia la lectura y, quizá más importante, una alabanza hacia el modo en que los libros pueden cambiar nuestra alma. Porque eso fue precisamente lo que ocurrió a la autora, una anciana que, habiendo trabajado anteriormente en oficios tangencialmente relacionados con la literatura (bibliotecaria, editora y librera), decidió llevar a cabo el sueño de toda su vida: escribir una novela francamente hermosa. Sin embargo, la muerte pilló a Mary Ann Shaffer sin poner el punto final a la obra, teniendo que ser su sobrina quien finiquitara una historia que ha merecido el aplauso de la crítica internacional, que fue apadrinada por la librería Barnes & Noble y que ahora llega a nuestro país dispuesta a hacer que muchos lectores den por buenas las palabras de uno de los personajes: ‘Leer buenos libros te impide disfrutar de los malos’.

(Publicado en 'Yo Dona', enero'09)

14 de octubre de 2008

Historia de un libro


Geraldine Brooks, último fenómeno editorial norteamericano, recorre la Historia de Europa en una novela que sigue las huellas de un manuscrito perdido.
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En el siglo XIV los sefardíes de Barcelona confeccionaron un libro iluminado (actualmente conocido como el Haggadah de Sarajevo) donde se narraba el Éxodo de su pueblo. Algún tiempo después, en concreto tras la expulsión de los judíos ordenada por los Reyes Católicos, dicho manuscrito se convirtió en objeto de deseo y robo por parte de muchos fanáticos, desapareciendo por última vez durante el cerco de Sarajevo. La última novela de Geraldine Brooks, ex corresponsal de The Wall Street Journal en Oriente Medio y en la Guerra de los Balcanes, sigue las pistas de dicho libro, investigando su periplo desde su primera desaparición en la Sevilla de 1480 hasta su reaparición en el Sarajevo de 1996. ‘Los guardianes del libro’ (RBA) se ha convertido en un fenómeno editorial norteamericano y ahora llega a España convertido en una intriga que permite repasar los acontecimientos más importantes de la historia europea.

-¿Qué es un Haggadah?
-Es un libro que las familias judías usan durante la Pascua para recordar el Éxodo. El hallado en Sarajevo es importante por sus iluminaciones, dado que en la época de su confección los libros no solían ilustrarse. Como ese ejemplar fue creado en el período español, sus iluminaciones demuestran la superioridad intelectual de los judíos afincados en la península, quienes compartían ideas y convivían pacíficamente con musulmanes y cristianos.

-¿Cómo tuvo usted conocimiento de la existencia del Haggadah de Sarajevo?
-Estaba trabajando como corresponsal durante el cerco de Sarajevo. En esa época, el manuscrito había desaparecido y nadie sabía dónde estaba. Cuando me enteré de que un librero musulmán había arriesgado su vida para conservarlo en medio de toda aquella barbarie, empecé a investigar.

-El Haggadah de Sarajevo fue escrito por los judíos de Barcelona en 1350 y, posteriormente, fue salvado por otros sefardíes que huyeron de la persecución emprendida por los Reyes Católicos en 1492. ¿Qué ha sido lo más fascinante de estudiar ese periodo de la Historia?
-Disfruté mucho recorriendo los rincones de Barcelona donde estuvo afincada la comunidad judía y descubriendo que el pasado continúa absolutamente vigente en la ciudad. También me gustó describir cómo se han ido reconstruyendo las ciudades europeas a lo largo de las distintas destrucciones que han experimentado.

-Usted dedica su libro a los libreros de Sarajevo que arriesgaron sus vidas para salvar ejemplares de los bombardeos. ¿Recuerda algún ejemplo?
-Los responsables de la Biblioteca Nacional formaron una cadena humana para evacuar los libros antes de que las bombas derruyeran el edificio. Una de ellos, Aida Buturovic fue asesinada durante esta labor. Otros, como Kemal Bakarsis, arriesgaron sus vidas. El librero que impidió la destrucción del Haggadah de Sarajevo se llamaba Enver Imamovic.

-Gran parte de su producción literaria se centra en los problemas de las mujeres alrededor del mundo. ¿Cree que dichas situación ha mejorado?
-Todo lo contrario. En muchos países de Oriente Medio se ha radicalizado la postura de los fundamentalistas, la epidemia del sida en África continúa matando a más mujeres que hombres, la actual crisis económica les obliga a cobrar sueldos inferiores a los de los hombres en todo el Primer Mundo…

-Usted siempre ha recordado la influencia que el libro ‘Mujercitas’ tuvo durante su infancia. ¿Cree que las mujeres del siglo XXI todavía pueden extraer lecciones de esa historia?
-Por supuesto. El personaje de Jo, la chica que se resiste a sucumbir ante las estúpidas normas sociales y que quiere ser artista por encima de todas las cosas, sigue siendo un modelo de superación fundamental para las mujeres contemporáneas.

(Publicado en Yo Dona, octubre 2008)

29 de julio de 2008

Novela histórica: ¿género femenino?


Sir Walter Scott decía que las únicas obras que podían acogerse al epígrafe de ‘novela histórica’ eran aquellas que trataban hechos acaecidos al menos setenta años antes del momento presente, tiempo suficiente como para que el argumento no tuviera ningún vínculo con el lector. Atendiendo a esta definición, las ficciones que traten el tema de la Guerra Civil Española o la II Guerra Mundial ya podrían ser etiquetadas de este modo, cosa que multiplicaría por cuatro el volumen de novelas-históricas existente en el mercado editorial. De cualquier modo, aun cuando continuáramos excluyendo los libros ambientados en cualquiera de dichas contiendas, no cabe duda de que la ficción histórica vive un momento dorado, como demuestra la cantidad de obras que verán la luz después del verano. ‘La Historia interesa y la novela histórica, si es honesta y está bien documentada, es un cauce entretenido para adentrarse en ella’, apunta Jesús Sánchez Adalid, primera espada en estas lides que en octubre publicará ‘El caballero de Alcántara’ (Ediciones B), sobre las órdenes militares durante el reinado de Felipe II.
Así las cosas, desde hace algún tiempo las ficciones históricas ha empezado a subdividirse en dos categorías claramente diferenciadas: novelas sobre personajes reales –que últimamente tienden a ser mujeres- y novelas sobre personajes inventados que, en determinados momentos de la narración, coinciden con personalidades de la historia. Al primer grupo pertenece ‘Catalina de Lancáster’ (La Esfera, noviembre), de Maria Teresa Álvarez, memorias ficticias de la que fuera la primera Princesa de Asturias: ‘Las protagonistas femeninas están adquiriendo una gran importancia dentro de la novela histórica. Y la verdad es que me alegro de que los nombres de muchas mujeres salgan del olvido al que fueron sometidas durante siglos, porque, sin duda, este conocimiento contribuye a que nuestra visión de la historia sea mucho más completa’. En la segunda categoría podría inscribirse Bárbara Pastor, autora de ‘El secreto del Mediterráneo’ (Ediciones B, septiembre), quien prefiere enfocar el asunto desde la perspectiva de las autoras, y no de los personajes: ‘¿Quién es hoy capaz de igualar la inteligencia narrativa de Marguerite Yourcenar… ¿Cuántos sabrían quién fue el emperador Adriano si ella no hubiera novelado sus memorias?’. Y otra de las voces que, a tenor del éxito obtenido con su anterior novela, merece especial atención es Isabel San Sebastián, que en septiembre publicará ‘Astur’ (La Esfera), ambientada en el arranque de la Reconquista y el nacimiento del Reino de Asturias: ‘El español, y sobre todo la española, han descubierto el género de la novela histórica y lo está devorando’.
Si a nivel internacional existe lo que se ha dado en llamar ‘la tríada sagrada’ de la temática histórica (Roma, Egipto y la Edad Media), los autores españoles prefieren no limitarse a periodos concretos, abriéndose a cualquier época de la historia de nuestro país, sin duda rica en personajes, contiendas y episodios nacionales. A este respecto, una de las novelas más curiosas, a la par de interesante, de cuantas saldrán después del verano es ‘El manuscrito de piedra’ (Alfaguara), obra en la que Luis García Jambrina se adentra en la Salamanca de Fernando de Rojas para teñir de intrigas y aventuras aquella España del siglo XV. ‘En la actualidad no puede hablarse de una moda de la novela histórica, sino de restauración de un género que tiene sus raíces en el siglo XIX y un gran desarrollo en estas últimas décadas’, opina el autor en una clara referencia al silencio que la novela histórica vivió durante la dictadura. Algo similar considera Jerónimo Tristante, cuya novela ‘El Tesoro de los Nazareos’ (Roca), aborda el tema de las sectas judías y la Orden del Temple: ‘La irrupción de gente como Pérez Reverte o Matilde Asensi revolucionó el panorama y atrajo a nuevos lectores. A partir de entonces, las novelas históricas demostraron a mucha gente sencilla, de la calle, que leer era divertido y que además ¡aprendían!’. En el sector de los escépticos, se sitúa César Vidal, autor francamente prolífico que en noviembre publicará ‘El judío errante’ (Grijalbo): ‘La situación de la novela histórica en España no es óptima, pero, sin duda, se publica una media de dos o tres novelas notables al cabo del año, que es muy superior a lo que puede decirse de otros géneros’.

DESPIECE: DESDE EL EXTRANJERO
En lo referente a la literatura extranjera, después del verano aparecerán cuatro novelas que, en principio, apuntan realmente alto: ‘Los guardianes del libro’ (RBA), de la australiana Geraldine Brooks, sobre un manuscrito español del siglo XV; ‘Antonio y Cleopatra’, de la llamada ‘reina de la novela histórica’ Collen McCullough; ‘Marco Aurelio’ (Alianza), cuarta entrega del quinteto con el que Max Gallo se ha propuesto explicar todo el Imperio Romano; y ‘La Górgola’ (Seix Barral) de Andrew Davidson, novela ambientada en la Alemania de la Edad Media.

Publicado en Yo Dona, agosto 2008

23 de julio de 2008

Flora Tristán: La madre del feminismo moderno


Las mujeres no habrían conseguido la libertad de la que gozan en la actualidad sin la figura de Flora Tristán, autora de la Francia de principios del s. XIX que ha pasado a la historia del feminismo por haberse rebelado contra una sociedad brutalmente machista. La editorial Global Rhythm publica ahora 'Paseos por Londres', un ensayo sobre la precaria situación de cientos de miles de seres humanos explotados en la Inglaterra de la Revolución Industrial. Denuncia ésta que la autora entremezcló con los problemas inherentes al género femenino de aquel entonces, proponiendo a todos los obreros del mundo que juntaran sus reivindicaciones a las de las mujeres para, juntos, cambiar la sociedad. Y es que Flora Tristán, de tan convencida como estaba sobre la necesidad de transformar el mundo, llegó incluso a reformar a Dios, al pedir públicamente que a partir de entonces se le llamara 'Dioses' -en plural, aun cuando seguía siendo un ente singular-, dado que 'es padre, madre y embrión: generación activa, generación pasiva y germen en progreso indefinido'.

La vida de Flora Tristán es, de por sí, una novela. Según explicaba Mario Vargas Llosa en un artículo publicado en la revista 'Letras Libres' y ahora convertido en prólogo del presente volumen, la autora, hija de un peruano de alta cuna y una francesa de origen humilde, nació como bastarda a ojos de la sociedad del siglo XIX, dado que el matrimonio de sus padres fue oficiado por un sacerdote que el gobierno francés no reconocía como tal. Esta condición de hija rechazada por las instituciones públicas, sumado al descenso en la escala social que sufrió tras la muerte de su padre, quedó reflejado en su obra más famosa, 'Peregrinaciones de una paria' (Ediciones Istmo, 1986), un libro que escandalizó a la sociedad de la época por sus afirmaciones sobre la necesidad de cambiar el precario estatus de la mujer europea, a su entender una esclava del hombre.

Este machismo imperante también alcanzó a Flora Tristán, quien contrajo matrimonio con el pintor y litógrafo André Chazal, un hombre que sólo la veía como una paridora de niños que debía dedicar su tiempo única y exclusivamente a las labores del hogar, cosa que llevó a la autora a adquirir, como apunta Vargas Llosa, "la convicción de que el matrimonio era una institución intolerable, un trato comercial en el que una mujer era vendida a un hombre y convertida poco menos que en una esclava, de por vida, pues el divorcio había sido abolido con la Restauración. E hizo brotar en ella, asimismo, un instintivo rechazo de la maternidad y una desconfianza profunda hacia el sexo, en los que presentía otros tantos instrumentos de la servidumbre de la mujer, de su humillante sujeción al hombre".

Rebelde sin causa
Flora Tristán abandonó a su marido con sus tres hijos, dos de los cuales morirían poco después, siendo la tercera la futura madre del célebre Paul Gaugin. Durante los siguientes años la autora vivió realmente como una paria al verse excluida de una sociedad que no sólo la consideraba una bastarda, sino que ahora también la veía como alguien que había roto las normas sociales al abandonar a su marido.

Sin nada que echarse a la boca y con unos problemas laborales tremendos, Flora viajó a Perú para reunirse con el hermano de su padre, quien la repudió como pariente legítimo, aun cuando la acogió en su casa y la ayudó económicamente. Por suerte, durante su estancia en Lima, Tristán pudo comprobar, casi estupefacta, que las mujeres gozaban de muchísima más libertad que sus homólogas europeas e incluso que ocupaban puestos habitualmente asignados a los hombres. Así pues, en sus 'Peregrinaciones de una paria' manifestó abiertamente su admiración hacia los logros de aquellas damas, sin por ello ahorrarse un retrato demoledor sobre la violencia y la fanfarria de la sociedad limeña, ganándose la enemistad de la misma. Además, cuando su marido leyó la descripción que hacía de él en aquel libro, se enfureció tanto que le disparó a bocajarro. Tristán no murió, pero durante el resto de su vida llevaría aquella bala alojada en el pecho.

Tras su regreso a su Francia natal, Flora Tristán, ahora llena de energía y con un proyecto vital bien definido, se codeó con los principales intelectuales de su país, ganándose cierta fama no tanto por su capacidad intelectual (la defunción de su padre le privó de estudios, algo que se reflejaba en sus frecuentes faltas de ortografía) como por sus conocimientos sobre la vida de las clases sociales más desfavorecidas, algo que desconocían aquellos artistas, escritores y agitadores sociales que, en muchos casos, provenían de la alta burguesía.

Y Tristán, probablemente indignada por esta paradoja, radicalizó sus posiciones, escribiendo el libro que aquí nos ocupa, 'Paseos por Londres. La aristocracia y los proletarios ingleses', en el que arremete de un modo feroz contra ese sistema capitalista y esa burguesía que explotaba a obreros, mujeres y niños por igual. De hecho, las frases que abren y cierran la dedicatoria inicial ya son toda una declaración de intenciones: 'Trabajadores: a vosotros, todos y todas, dedico mi libro. Lo he escrito para instruiros sobre vuestra situación; por tanto, os pertenece' y 'A vosotros, trabajadores, y a vosotras, trabajadoras, que hasta ahora no habéis contado para nada en las sociedades humanas, os estrecho cordialmente la mano'.

Y, en el fondo, una soñadora
Lógicamente, el libro le valió la enemistad de la alta sociedad europea, que la ninguneó al verse amenazada por las propuestas sociales de aquella paria sin estudios. Pero eso no la desanimó. Porque Flora Tristán siguió soñando con una sociedad utópica donde no existieran desigualdades sociales, esperanza ésta que hizo que incluso se anticipara a Karl Marx al proponer una gran unión internacional de los trabajadores de todo el mundo para poner fin al sistema social del momento y crear un nuevo orden donde la justicia y la igualdad dominaran el planeta.

A partir de este momento, dedicó la vida a luchar contra cuantos explotaran a sus conciudadanos, adoptando a veces ideas tan osadas para su tiempo que los propios obreros la tomaban por una ilusa. Sin embargo, su lucha por los derechos de los más necesitados y su enorme vindicación sobre el derecho de las mujeres a ser personas libres, le valió el posterior aplauso de grandes intelectuales, como André Breton, que dijo de ella 'Acaso no haya destino femenino que deje, en el firmamento del espíritu, una semilla tan larga y luminosa'. Hoy muchas de sus propuestas son una realidad y sus libros se han convertido en lectura obligatoria de todas las feministas del planeta.

Publicado en Yodona.com, julio 2008

10 de julio de 2008

La paradoja china


Ahora que se acercan las Olimpíadas, es el momento de repasar la situación de la literatura china y las condiciones en que trabajan sus autores.

China es el país de paradojas incluso en el terreno de la literatura. Y es que los autores que triunfan allí, no consiguen lectores en el extranjero, y los que se han ganado el respeto de la comunidad internacional, están prohibidos en su propio país. O sea que lo que vende allá no interesa aquí y lo que leemos aquí no se vende allá. Aún así, Europa nunca había traducido tantas novelas chinas como en la actualidad, principalmente por el interés que ese rincón asiático está despertando en todos nosotros: Olimpíadas, turismo, comercio, etc.
De entre todas las obras publicadas recientemente, habría que destacar cuatro: ‘Triste vida’ (Belacqua), donde la neorrealista Chi Li repasa los problemas cotidianos de un obrero de la metalurgia durante un único día, excusa que la autora emplea para retratar la situación política, cultural y religiosa de su país. Igualmente interesante es ‘Vientos amargos’ (Libros del Asteroide), donde Harry Wu relata sus veinte años como prisionero en un ‘campo de trabajo’ chino, pasando de ser un intelectual respetado a un paria de la tierra. También merece un poco de atención ‘El sorgo rojo’ (BackList), de Ya Ding, donde se muestran los contrastes entre la mísera vida de un campesino chino y los sueños de grandeza de un gobierno ávido de dominar a su pueblo. Y, por último, ‘Las baladas del ajo’ (Kailas), donde Mo Yan, un campesino que decidió volcarse en la literatura y que hoy es aspirante al Premio Nobel, nos cuenta una historia de amor y coraje durante una revuelta rural contra las restricciones gubernamentales en el cultivo del ajo.
Respecto a las obras de próxima aparición, es importante destacar ‘Tótem lobo’, de Jiang Rong, novela que Alfaguara publicará en octubre y que se ha erigido como una crítica feroz al sistema político chino. También se debe reseñar ‘Pekín en coma’, de Ma Jian, que Mondadori publicará después del verano y que versa sobre un joven que cae en coma tras los acontecimientos de la plaza de Tiananmen.

Publicado en Yo Dona, julio 2008

4 de julio de 2008

Serendipias literarias


A lo largo de la toda la Historia de la Literatura se han ido sucediendo casos de profecías involuntarias que han ido dejando boquiabiertos a lectores de todos los tiempos. Ha ocurrido en poquísimas ocasiones, pero los aciertos de determinados escritores han provocado ríos de tinta. Son las serendipias literarias.

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Aunque la Real Academia de la Lengua no recoge el término de ‘serendipia’, el ‘Diccionario del Español Actual’ se hace eco de ‘serendipidad’, definiéndola como la ‘facultad de hacer un descubrimiento o un hallazgo afortunado de manera accidental’. El vocablo proviene del inglés ‘serendipity’, neologismo acuñado en 1754 por el político, escritor y arquitecto Horace Walpole a partir de un cuento persa titulado ‘Los tres príncipes de Serendip’, en el que los protagonistas, todos soberanos de la isla Serendip (actual Sri Lanka), solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades. A partir de este relato, Walpole inventó la citada palabra, tal y como explicó en una carta, fechada el 28 de enero de 1754, al diplomático Horace Mann: ‘Leí en una ocasión un cuentecillo titulado Los tres príncipes de Serendip: en él sus altezas realizaban continuos descubrimientos en sus viajes, descubrimientos por accidente y sagacidad de cosas que en principio no buscaban: por ejemplo, uno de ellos descubría que una mula ciega del ojo derecho recorría constantemente el mismo camino porque la hierba estaba más raída por el lado izquierdo. ¿Comprende ahora qué es ‘serendipia’?’. Con el paso de los años, el término fue cogiendo relevancia entre la población anglosajona, expandiéndose tanto que en 1955 la revista Scientific American lo adoptó como acepción para referirse a cualquier descubrimiento científico realizado de forma casual.
La Historia de la Ciencia está llena de ‘serendipias’. Por ejemplo, Arquímedes elaboró su famoso Principio al sumergirse en una bañera y descubrir, de manera totalmente azarosa, que el volumen del agua desalojado era idéntico al de su cuerpo. También es sabido que Luigi Galvani planteó las bases biológicas de la neurofisiología y la neurología cuando uno de sus colaboradores rozó el nervio de una rana diseccionada con un escalpelo electrificado de manera casual. Y Alexander Fleming llegó a la penicilina gracias al desorden y suciedad que le rodeaban, ya que se marchó de casa dejando sin lavar unas probetas que contenían estafilococos. A su regreso comprendió que el moho generado en dichas vasijas inhibía el crecimiento de las colonias de estafilococos, algo que le impulsó a investigar el hongo Penicillium notatum. Por su parte, Umberto Eco ha afirmado en varias ocasiones que Descubrimiento de América, obviamente casual, fue pura ‘chiripa’ o, siendo más técnicos, ‘serendipia’.
No obstante, en literatura la palabra ‘serendipia’ designa aquellos textos que han adelantado acontecimientos sin que sus autores fueran, en principio, conscientes de sus dotes proféticas. Y no nos referimos a las llamadas ‘novelas de anticipación’, como podrían ser las de Julio Verne, Arthur C.Clarke o H.G.Wells, autores que de alguna forma supieron hacer prospectiva en los campos científicos objeto de sus obras, sino a vaticinios mucho más extraños. De igual modo, la expresión ‘serendipia literaria’ tampoco hace alusión a las intuiciones que ciertos autores hicieron sobre sus propias vidas, como ejemplifica el caso de aquel Mark Twain que pasó los últimos días de su vida repitiendo eso de ‘yo nací con el cometa y me iré con él’, y que murió el 21 de abril de 1910, justo cuando el Halley surcaba nuestro cielo. Bien al contrario, la auténtica ‘serendipia literaria’ requiere que no exista ninguna intención profética en las palabras escritas o dichas por el autor. El caso de Jonathan Swift es, sin ningún género de dudas, el más representativo. El irlandés, de quien se ha dicho que era un iniciado en asuntos esotéricos, consiguió la gloria literaria con ‘Los viajes de Gulliver’, una novela que, del mismo modo que ocurre con el resto de su obra, podría contener alguna suerte de ‘código romano’ que revelaría mensajes ocultos dentro del texto central siempre y cuando se leyera saltándose determinado número de letras. Sin embargo, lo que más interés ha despertado entre los ‘conspiranoides’ es la parte en que se habla de dos estrellas menores, que orbitarían alrededor de Marte, a las que el autor bautizó como ‘Miedo’ y ‘Terror’ y a las que describe de un modo muy similar a lo que, 156 años después, descubrirían los telescopios al divisar las dos lunas que realmente orbitan Marte, llamadas a partir de entonces ‘Fobos’ y ‘Deimos’ (el equivalente griego a los nombres dados por Switf0. Pese a todas las especulaciones que esta suerte de premonición han provocado entre astrónomos del mundo entero, nadie ha elaborado una teoría fiable sobre cómo supo el irlandés de la existencia de dos satélites en aquel tiempo imposibles de detectar.
Pero todavía sorprende más el caso de Edgard Allan Poe, en cuya novela ‘Las aventuras de Arthur Gordon Pym’, publicada por primera vez en 1838, profetizó un hecho absolutamente imposible de adivinar. La parte de la obra que aquí interesa versa sobre el naufragio del bergantín Grampus cerca de las islas Maldivas. Cuatro sobrevivientes quedan a la deriva en un bote y uno de ellos, temeroso de no alcanzar la costa con vida, propone a sus compañeros que se sorteen quién deberá dejarse matar para que su cuerpo sirva de alimento a los demás. La propuesta proviene de un personaje llamado Richard Parker y precisamente será él mismo quien pierda la apuesta, convirtiéndose en objeto de canibalismo de sus compañeros. Pues bien, casi medio siglo después de la publicación de aquella novela, en concreto el año 1884, la prensa francesa se hizo eco del naufragio de la goleta británica Mignonette cerca de las islas Sandwich. Cuatro personas sobrevivieron gracias a una barcaza que los mantuvo a la deriva durante varias semanas. Los ocupantes alcanzaron tal punto de desesperación que en cierto momento decidieron comerse a un grumete de 17 años que, no teniendo familia a la que mantener, parecía el más indicado para sacrificarse en pro de los demás. Extrañamente, el marinero víctima de dicho canibalismo se llamaba Richard Parker. No es baladí añadir a esta extrañísima historia que la madrugada en que Allan Poe habría de morir, bramó en numerosas ocasiones el nombre del profesor Reynols, explorador polar en el que se había basado para escribir ‘Las aventuras de Arthur Gordon Pym’.
Y aún más misterioso resulta el asunto de Morgan Robertson, un marinero venido a escritor que publicó ‘Futility’ en 1898. Al principio, esta novelucha pasó desapercibida a ojos del gran público, pero su autor, que siempre gozó de cierta fama de visionario entre sus colegas, alcanzó cierto renombre cuando, 14 años después, se hundió el Titanic. Y es que ‘Futility’ versaba sobre un buque de enormes proporciones bautizado como Titán que, cómo no, se hundía al chocar contra un iceberg en el Atlántico Norte. Pero no quedan ahí las coincidencias: tanto el barco imaginado como el real estaban propulsados por tres hélices, zarpaban del puerto de Southhampton, se fueron a pique en el mes de abril, estaban capitaneados por un hombre de apellido Smith, y fueron calificados de ‘inhundibles’ por sus creadores. El resto de datos imaginados por Robertson tampoco distaban tanto de la realidad: el Titán pesaba 75.000 toneladas (frente a las 66.000 del Titanic), tenía una eslora de 243 metros (268), transportaba a 2.177 pasajeros (2.277), llevaba 24 botes salvavidas (20), navegaba a una velocidad de 25 nudos (23) en el momento del impacto... De cualquier modo, investigaciones posteriores han demostrado que ‘Futility’ fue reimpresa en 1912, siendo introducidos algunos cambios para aumentar el número de coincidencias, cosa que ha puesto en tela de juicio algunas de las ‘serendipias’ presentes en las ediciones posteriores. También es interesante resaltar que Morgan Robertson escribió posteriormente la novela ‘Beyong the Spectrum’ (‘Más allá del espectro’), en la que describía una guerra del futuro en la que los aviones lanzaban lo que el autor llamó ‘bombas soles’, las cuales explotaban creando una luminosidad cegadora. Cuando el ex marinero publicó este libro, los aviones apenas podían sostenerse en el aire y nadie los imaginaba como instrumentos bélicos. Del mismo modo, las bombas atómicas ni siquiera eran dignas de la menor de las especulaciones. Además, la guerra de la que Robertson hablaba en ese libro comenzaba un mes de diciembre (como habría de ocurrir con la II Guerra Mundial) con un ataque sorpresa de los japoneses sobre Pearl Harbour.
Otra de las ‘serendipias literarias’ más comentadas por los amantes de lo misterioso es la escrita por el norteamericano Lester del Rey, nombre abreviado de Ramón Felipe San Juan Mario Silvo Enrico Smith Heartcourt-Brace Sierra y Álvarez del Rey y de los Uerdes, un escritor sin éxito que en 1954 publicó ‘Viaje a la Luna’, novela en la que imaginaba que la nave espacial Apolón aterrizaba en la Luna y que el comandante Amstrom ponía el primer pie humano sobre dicho satélite. He aquí un extracto del principio de la novela: ‘La nave Apolón se posó en la superficie de la Luna. Tras varios pequeños brincos pudo estabilizarse. Se abrió su rampa y por ella descendió el comandante Armstrong para pisar por primera vez el suelo de ese mundo desconocido’. Se dice que, cuando el auténtico comandante Neil Amstrong hubo terminado de leer aquella novela barata, se limitó a encoger los hombros. Evidentemente, Lester del Rey jamás explicó cómo había adivinado el nombre del astronauta, ni tampoco cómo se había aproximado tanto al de ‘Apolo’.
Las ‘teorías de la coincidencia’ que tratan de explicar los motivos de éstas y otras casualidades llevan más de 2.000 años fascinando a científicos de todas las disciplinas. Hipócrates creía que el Universo estaba unido por ‘afinidades ocultas’ que provocaban casualidades al unir dos elementos en principio solitarios. Siglos después y siguiendo los pasos del filósofo Pico Della Mirandolla, Schopenhauer definió la coincidencia como ‘la aparición simultánea de acontecimientos causalmente desconectados’, explicando además que determinados hechos circulaban por líneas paralelas, aun cuando estuvieran en eslabones distintos, uniendo de este modo destinos que en principio deberían permanecer inconexos. A mediados del siglo XX, el matemático británico Adrian Dobbs inventó la palabra ‘psitrón’ para acotar lingüísticamente una fuerza desconocida que, residente en una dimensión temporal fuera de nuestro alcance, absorbería probabilidades futuras y las trasmitiría al presente sin ser captadas por los sentidos del ser humano y trasmitiéndose al cerebro de determinadas personas sin que nadie entienda cómo. Por su parte, el doctor Paul Kammerer, que desde los veinte años llevaba un diario donde apuntaba hasta las coincidencias más nimias que detectaba, elaboró la teoría de los ‘seriales’, según la cual las casualidades se agrupaban por ‘grupos de números’ muy similares a los que podemos encontrar en cualquier clase de estadísticas y, por tanto, susceptibles de ser predichas gracias a las ‘cadenas de repetición’ que se podían extrapolar. Además, ese mismo científico aseguró que las casualidades no eran más que la punta del iceberg bajo el que se ocultaba un principio cósmico todavía no teorizado por los humanos. Pero la gran teoría sobre las casualidades llegó cuando Wolfgang Pauli y Carl Gustav Jung crearon el término ‘Sincronididad’, un principio de conexión no causal que cierto crítico calificó como ‘el equivalente paranormal de una explosión nuclear’ y que en verdad determinaba que todas las coincidencias de las que somos testigos no revelan más que las ‘huellas visibles’ de ciertos principios todavía desconocidos por las leyes de la física. Por último, destacar las investigaciones llevadas a cabo en 1998 por el psicólogo croata Mihály Csikszentmihalyi, quien investigó la personalidad de 91 individuos destacados por su capacidad creativa, concluyendo que ‘entre los rasgos que definen a una persona creativa, son fundamentales dos tendencias opuestas: una gran curiosidad y apertura por un lado, y una perseverancia casi obsesiva por otro’. En otras palabras: no se puede ser serendípico sin estar dotado de una base cultural que ayude a interpretar aquellas intuiciones que asoman por nuestra imaginación. Ahora sólo falta esperar unos cuantos años para saber si alguno de los autores españoles contemporáneos ha predicho algo de interés en una de sus novelas. Ya veremos…

Publicado en Qué Leer, septiembre 2008

25 de junio de 2008

El puente de los suicidas


Desde hace algunos meses, ciertos foros de Internet andan debatiendo sobre las implicaciones morales de un documental dirigido por el hasta ahora productor Eric Steel. Se trata de ‘The Bridge’ (2006), una cinta donde se muestran los suicidios reales de cuantas personas decidieron quitarse la vida saltando desde el puente Golden Gate (California), el lugar del mundo donde más seres humanos han atentado contra sí mismos. Desde su construcción en 1937 hasta 2006, se han registrado 1.200 precipitaciones desde sus 70 metros de altura. Quienes saltan alcanzan una velocidad de 120 km/h., tardando entre 4 y 7 segundos en impactar contra el agua. Es la otra cara de un monumento que atrae a turistas de todo el planeta por su incuestionable belleza.
Eric Steel decidió arrancar este proyecto cuando leyó el reportaje ‘Jumpers’, publicado en The New Yorker en 2003, donde el periodista Tad Friend se hacía eco del poder magnético que el Golden Gate Bridge ejercía sobre los individuos con trastornos del alma. Desde que leyera ese artículo, Steel no pudo quitarse de la cabeza ese cuadro de Pieter Brueghel, ‘Paisaje con la caída de Ícaro’, en una de cuyas esquinas se divisa, no sin esfuerzo, un cuerpo adentrándose en el agua tras la precipitación. Dicha imagen se superpuso a la información de Tad Friend, impulsando al futuro director a dejar de lado sus proyectos como productor para dedicarse al rodaje de ‘The Bridge’, un documental para el cual tuvo que colocar varias cámaras en puntos estratégicos del puente y rodar cientos de horas para captar 19 de los 24 suicidios cometidos a lo largo de un año. ‘Estaba convencido de que, si veía suficientes casos, sería capaz de grabar la manifestación exterior de los demonios interiores que todos llevamos dentro’, ha declarado Steel.
Lógicamente, la cinta no es apta para espectadores sensibles. El director entremezcla secuencias donde muestra la belleza del puente, así como del paisaje que lo envuelve, con escenas donde aparecen transeúntes que, en vez de tomar fotos como el resto de turistas, pasean erráticos junto a la barandilla. Hasta que actúan. Porque de pronto alguien salta el pasamanos, se coloca sobre el alféizar del puente y, casi sin darnos tiempo a reaccionar, se precipita. Después, el sonido de su cuerpo contra el agua.
Pero Steel no se limita a mostrarnos la cara más cruda de la muerte. Él quiere entender. Quiere ‘rodar una película sobre el alma humana en crisis, una película que muestre pero que no juzgue. Quiero abrir los ojos de la gente’. Es por eso que también entrevista a los familiares y amigos de las personas cuyo suicidio grabó. Y este punto ha sido uno de los más polémicos. Porque dicen los críticos que Steel no informó a esos familiares de que tenía filmadas las precipitaciones de sus seres queridos, algo que el director niega al asegurar que todos los testimonios vieron la cinta antes de participar. Además, otras voces se han preguntado sobre el dilema ético que comporta el hecho de que, dado que grabó durante horas a algunos suicidas que deambularon por el puente antes de saltar –en especial hay un personaje, un roquero vestido de negro, a quien la cámara persigue durante mucho tiempo, convirtiéndose en el hilo argumental de la película-, Steel no llamara a las autoridades pertinentes pidiendo que los salvaran. A esta acusación, el director respondió así: ‘Desde el principio entendimos que si alguien caminaba solo, con aspecto triste y mirando el río, debíamos filmarlo, pero esto no significaba que debiéramos llamar a la policía. Decidimos que sólo intervendríamos cuando alguien se descalzara, se sentara en el exterior de la barandilla o realizara cuando acción así de obvia, ya que en esos casos evidentes sus vidas eran más importantes que nuestra película’.
Polémicas al margen, ‘The Bridge’ no sólo ha servido para que las autoridades estudien seriamente la posibilidad de instalar una barrera protectora en el puente –algo hasta ahora no han hecho por motivos estéticos-, sino que ha reactivado el debate sobre la sociedad en la que vivimos y sobre la ley del silencio que reina alrededor de un asunto, el del suicidio, que causa más muertes que los conflictos bélicos, el sida y los accidentes de tráfico juntos. Además, el documental abre una vía de reflexión sobre el poder atractivo que tienen algunos lugares sobre nuestras almas. ‘Una de las cosas más extrañas del Golden Gate es que la gente se suicida a plena luz del día y delante de un montón de gente, cuando lo habitual es que los suicidios tengan lugar en la intimidad. ¿Quiere esa gente ser vista? ¿Por qué?’, se pregunta el director. Pero quizá la reflexión más importante sea la que suscita ese suicida fracasado que, tras sobrevivir al impacto y ser socorrido por una foca, se planta delante de la cámara para reconocer que no entiende por qué lo hizo y que ahora, cuando la vida le ha dado una segunda oportunidad, cree tener un alma nueva. Porque este personaje ratifica lo que la psiquiatría viene diciendo desde hace años: el suicidio es un acto impulsivo del que se arrepienten todos los que fracasaron. La lástima es que haya demasiada gente que no puede arrepentirse. Más información: www.thebridge-themovie.com

Publicado en Cultura/s de La Vanguardia (Junio 2008)

Hablemos realmente de sexo


La periodista Gabriela Wiener (Lima, 1975) acaba de publicar 'Sexografías' (Melusina), un libro de crónicas en torno al mundo del sexo que sorprende por la capacidad de la autora para mostrarnos otra forma de hablar sobre uno de los temas más maltratados del periodismo contemporáneo. Porque Wiener no es una de esas escritoras que compila todos los tópicos del mercado sexual para convertir su libro en un "best seller", sino una cronista que se mete en el cogollo del asunto, que experimenta en sus propias carnes aquello de lo que va a hablar y que convierte sus experiencias en unos relatos de no ficción capaces de atrapar al lector desde la primera página. No en vano Gabriela Wiener es, probablemente, la máxima representante en nuestro país de eso que se ha dado en llamar Nuevo Periodismo Latinoamericano.

1. YODONA.COM: 'Sexografías' no es un libro sobre sexo al uso, aun cuando el objeto de investigación sea la sexualidad humana. ¿Podrías explicarnos qué es 'Sexografías'?
GABRIELA WIENER: Básicamente es un libro de crónicas. La palabra 'crónica' proviene de 'corpus', que significa 'cuerpo'. Mi investigación se da precisamente a través de los cuerpos de los demás, pero también del mío propio, de ahí que el libro pueda verse como un ejercicio de 'periodismo gonzo' o un experimento de inmersión, aunque en algunos casos podría pasar por periodismo directamente pornográfico. Lo que empieza en reportaje termina en autobiografía, y viceversa. Al revelar a los otros, termino revelando mi visión del sexo. La periodista kamikaze se involucra en una serie de historias que tienen que ver con subculturas, fandoms, lugares peligrosos y experiencias extremas, sin ánimo de parecer fascinada ni escandalizada. No es un manual, ni un tratado sobre parafilias y sexo friqui. La cruzada de 'Sexografías' es la de la chica de a pie que se introduce con su novio en un club de intercambio de parejas y se siente primero absurda y luego muy a gusto.
2. YODONA.COM: ¿Qué opinas de los libros sobre sexo que suele publicar el mercado editorial español?
G.W: Que oscilan entre el periodismo de investigación cañí, rollo Mercedes Milá, y el aséptico manual de autoayuda que habla por enésima vez del tamaño del miembro masculino y de las fantasías sexuales femeninas. Por el contrario, cuando hay experiencias interesantes de por medio, se opta por disfrazar el libro de novela. Y ni así hemos conseguido tener nuestra propia Mellisa P, que ya molaría contar con una 'enfant terrible' que incendie el llano de vez en cuando, aun cuando escriba mal. No hay en el mercado español libros de no ficción narrados con autenticidad y desgarro como lo han hecho Catherine Millet en torno al sexo o Joan Didion en torno a la muerte. Por fortuna, la editorial Melusina está rescatando una serie de autoras en su colección UHF como Virginie Despentes y Beatriz Preciado, que son mujeres sin miedo a escupir sus verdades.
3. YODONA.COM: Tus crónicas hablan de hombres con siete esposas, de Nacho Vidal en la intimidad, de donación de óvulos... ¿Qué conclusiones han extraído sobre la condición femenina en la sociedad contemporánea?
G.W: Una de las frases que más me repetían las mujeres del polígamo era que ellas entendían la libertad como la capacidad para elegir a qué cadena te atas. En el libro hay una parte en la que digo que por un momento a mí también me apetecería ser mantenida y mimada con rosas de chocolate, estar todo el día en casa bordando y cocinando, haciendo orgías con mi esposo y mis mejores amigas, usar ropa de fantasía árabe y bailarle la danza del vientre a mi hombre. Creo que ésa puede ser también una reivindicación femenina en estos tiempos, tan válida como el arranque feminista que me da cuando, durante una entrevista, Nacho Vidal me tira los tejos.
4. YODONA.COM: De todas las experiencias que viviste para elaborar este libro, ¿cuál fue la más complicada?
G.W: Someterme al tratamiento como donante de un óvulo para darle la posibilidad de ser madre a una mujer y recibir la compensación de 1.000 euros. Durante ese periodo, llevas tal sobredosis de hormonas que te da la impresión de que tienes cinco menstruaciones juntas y sientes que puedes hacer una locura. Quien más lo lamenta es tu marido. También pasé muchos apuros cuando entré en la cárcel para ver los tatuajes de los presos. En muchos momentos tuve auténtico miedo y pensé que no saldría viva. Tomar ayahuasca también fue complicado en muchos momentos, pero en otros fue francamente iluminador.
5. YODONA.COM: ¿Y la más divertida?
G.W: Sin duda la experiencia de ir con mi pareja a un club de intercambio. Nos abrió un mundo de nuevas posibilidades y también nos reafirmó en algunas viejas creencias. También fue muy divertido subir a un escenario para ser azotada por una mistress delante de un público cautivo.
6. YODONA.COM: 'Sexografías' también es una defensa del periodismo de crónicas tan en boga en Latinoamérica. ¿Qué crees que está aportando este tipo de periodismo al ejercicio de la profesión en España?
G.W: No estoy muy segura de que el Nuevo Periodismo Latinoamericano consiga asentarse en España. Por ejemplo, fracasó el proyecto de traer una revista de periodismo narrativo tan exquisita como Etiqueta Negra porque ninguna editorial se atrevió. Por suerte, en este país hay gente que ha cogido el relevo y que lucha por un periodismo de crónica escrito con mucha calidad.
7. YODONA.COM: Muchos periodistas de crónicas dicen que tienen que refugiarse en el mercado editorial porque no encuentran cabida para sus textos en la prensa española. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?
G.W: Estoy completamente de acuerdo porque conozco de cerca el calvario de muchos cronistas que ya se han resignado a expiar sus demonios narrativos en formato libro, porque la prensa española o no publica crónicas o las publica incompletas, y paga mal por ellas. Es muy frustrante. Hacer crónicas y grandes reportajes supone inversiones importantes de tiempo y dinero. Desplazamientos, horas de entrevistas y transcripciones, muchos libros que leer y muchas páginas que escribir. Una salida son las editoriales, pero, salvo honrosas excepciones, tampoco asumen los gastos de la investigación.
8. YODONA.COM: Si no me equivoco, tienes otro libro de crónicas en preparación. ¿Podrías adelantarnos la temática?
G.W: He escrito un libro que parece el típico diario de una embarazada, pero que en verdad es un catálogo muy personal de visiones sobre la maternidad contemporánea. Por eso el último texto de 'Sexografías' es un capítulo de ese libro, ya que, de alguna manera, también forma parte del gonzo extremo. He intentado hacer un antimanual pop de la experiencia maternal y lo he poblado de mis referentes culturales y familiares: el odio a la madre, el asesinato simbólico de Simone de Beauvoir, el aborto adolescente, la ingeniería biológica, etc.

Publicado en YODONA.COM (Junio 2008)

20 de junio de 2008

Las ansias de poder


Los escritores pueden aprender mucho de la tragedia griega. En especial de ‘Áyax’, la obra con la que Sófocles quiso enseñarnos que el destino siempre castiga a los que aspiran al poder con demasiado entusiasmo y premia a quienes, simplemente, hacen su trabajo sin perder el tiempo buscando oropeles.

Ocurrió que Áyax I, también llamado Áyax el Grande, Gran Áyax y Telemonio Áyax, enloqueció por culpa de la ambición. El hijo de Telamón, rey de Salamina, había demostrado su grandeza en innumerables batallas, como destaca Homero en ‘La Iliada’, siendo considerado el mejor después de su primo Aquiles, honor que se vio incrementado cuando los historiadores resaltaron el hecho de que ningún dios ayudó jamás al guerrero que, armado con un enorme escudo y con una no menor hacha, nunca resultó herido. Se embarcó Ayax hacia Troya con doce navíos salamitos y, cuando Aquiles se retiró de la batalla, se enfrentó en dos ocasiones con Héctor. En la primera, el duelo se prolongó durante todo el día y al final el príncipe troyano regaló una espada a su contrincante en señal de respeto. En la segunda, el príncipe salamito estuvo a punto de matar a Héctor arrojándole una piedra más grande que su propio cuerpo.
Pero el Gran Áyax no sólo fue un extraordinario guerrero, sino que también pasó a la historia por tratarse de un inmenso testarudo. Y fue esa cabezonería la que le secó el cerebro. Su destino se precipitó tras la muerte de Aquiles. El héroe salamito se creía digno sucesor del insigne soldado, motivo por el cual exigió que le fuera entregada la armadura de su primo como recompensa a sus trabajos. Pero Ulises, ‘el rico en ardides’, también se consideraba merecedor de semejante honor, el cual le fue concedido por decisión popular de los griegos. Y es en este punto donde arranca la tragedia escrita por Sófocles, quien nos cuenta que Áyax, después de saber que la coraza de Aquiles jamás cubrirá su torso, cayó al suelo exhausto, levantándose poco después tocado por la locura. Porque no le bastaban los honores recibidos en su patria. Él quería más. Quería el máximo reconocimiento. Quería, por supuesto, demasiado.
Y así fue como la diosa Atenea llenó su mente de tinieblas, haciéndole confundir a un rebaño con el ejército atrida, al que Ayax ansiaba atacar como venganza por el agravio sufrido. El guerrero se abalanzó entonces sobre las ovejas, las reses y demás ganado, degollando a cada animal con su famosa hacha y secuestrando a un carnero al que confundió con el propio Ulises y al que llevó a su tienda para castigar a latigazos. Un rato después, cuando los dioses tuvieron a bien devolverle la cordura, Ayax despertó empapado en sangre y, dándose cuenta de sus acciones, decidió quitarse la vida. Cogió la espada que Héctor le regaló, la clavó en el suelo y se dejó caer sobre la misma. Así murió el Gran Áyax, el guerrero que ansió demasiado. Y sólo después de su suicidio habló sabiamente Agamenón: ‘No son los más seguros los hombres grandes y de anchas espaldas, sino que en todas partes vencen los que razonan prudentemente’.
***
PD: ¡Ay, cuántos Ayax hay en la literatura contemporánea! Grandes escritores o grandes promesas de escritor que ansían demasiado poder y que, de tanto esfuerzo invertido en labrarse su propio altar, olvidan escribir. Por suerte para estos desdichados, la historia del guerrero salamito termina con Ulises ordenando que, pese a sus acciones deshonrosas, se enterrase a Ayax con los honores propios del héroe que siempre fue.

(Publicado en El Mundo Cataluña, junio 2008)

15 de junio de 2008

EL PERIODISMO GONZO DE GABRIELA WIENER


La periodista y poeta Gabriela Wiener publica ‘Sexografías’ (Melusina), una compilación de reportajes escritos en primera personas que giran en torno al tema del sexo. Pero Wiener no quiere convertirse en una de esas periodistas que aprovecha esa temática para vender ejemplares. Ella aspira a más. A mucho más. Y por eso dota a sus textos de una armadura literaria y de un discurso narrativo que indudablemente harán comprender al lector que el periodismo, el auténtico periodismo, no es eso que suelen leer en los periódicos. No se lo pierdan. En serio.

Publicado en Yo Dona, Junio 2008

LA MAR DE FRANCESAS


Tres autoras francesas se dan cita en nuestras librerías: Anne-Marie Garat, Anna Gavalda y Ornela Vorpsi, albanesa afincada en Francia.

Durante la XIV edición de La Mar de Músicas, que se prolongará a lo largo julio en la ciudad de Cartagena, se celebrará el encuentro literario La Mar de Letras, este año dedicado a la literatura francesa. Del 16 al 23 de julio autores y editores como Candré Schiffrin, Philippe Claudel, Michel Houellebecq, Mathias Enard y tantos otros se darán cita en las mesas redondas, debates y talleres que allí se montarán. Y paralelamente a este acontecimiento algunas editoriales publican novelas de primera calidad escritas por autoras de ese mismo país.
Anne-Marie Garat (Burdeos, 1946) obtuvo el Premio Femina con su novela anterior, ‘Aden’, y el Marguerite Audoux por ‘Les mal famées’, pero ahora ha conseguido que la crítica se doblegue ante ‘En manos del diablo’ (La otra orilla), 1.300 páginas que componen una ‘novela de vida’ en la que se nos muestran las andanzas de la joven idealista Gabrielle Demachy por aquella Europa de principios de siglo en la que murió una forma de concebir el mundo. Una ocasión perfecta para reflexionar sobre lo que ha tenido que ocurrir para que nuestro siglo sea como es.
Otro carácter tiene la nueva novela de Anna Gavalda (París, 1970), ‘El consuelo’ (Seix Barral), probablemente la autora más leída en Francia gracias a los éxitos cosechados con su compilación de relatos ‘Quisiera que alguien me esperara en algún lugar’ y sus novelas ‘La amaba’ y ‘Juntos, nada más’. Ahora Gavalda nos deleita con una historia donde el auténtico protagonista es el amor a la vida, en esta ocasión ejemplificado a través de la figura de un arquitecto que decide dar un giro a su propia existencia antes de que la rutina le destroce el alma.
Por último, Ornela Vorpsi (Tirana, 1968), albanesa residente en Francia que cautivó a los lectores con su anterior ‘El país donde nadie muere’ y que ahora regresa a las librerías con ‘Puro veneno’ (Lumen), otra novela breve donde ahonda en los recuerdos de infancia de una señora que, como tantas otras en los tiempos que corren, abandonó su país de origen huyendo de la hambruna y que ahora, ya mayor, decide regresar para asistir a un amigo enfermo.

Publicado en YO DONA, junio 2008.

18 de mayo de 2008

Lesley Downer, amor a Japón


Las obligaciones laborales de sus padres hicieron que Lesley Downer pasara su adolescencia y juventud en Japón, quedando tan fascinada por aquella cultura que algunos años después, habiéndose instalado en Inglaterra, dedicó parte de su trabajo a explicarnos el funcionamiento de aquel país. Además de ejercer como periodista en el Sunday Times, el Wall Street Journal, el Financial Tines, Channel 4 y la BBC, ha escrito libros de cocina japonesa, biografías de geishas -siendo la más conocida la de ‘Madame Sadayakko: la geisha que conquistó occidente’ (Lumen, 2004)- y cientos de reportajes sobre aquel país. Pero Lesley Downer siempre tuvo una pasión secreta: la cultura de los ‘shogun’ (una suerte de gobernantes durante el grueso del último milenio) y en especial su tendencia a tener concubinas en sus palacios. Por eso, cuando descubrió que el último ‘shogun’ tenía un harén con 3.000 concubinas, decidió escribir ‘La última concubina’ (Seix Barral), una historia de aventuras y romances ambientada en el crepúsculo del siglo XIX.

1-Tu biografía ‘Madame Sadayakko’ fue un éxito de ventas absoluto. Ahora abordas el tema de las concubinas. ¿Qué es lo que te fascina tanto de ese mundo?
-Siempre me he sentido cautivada por Japón y en especial por la vida de las mujeres en el Japón del siglo XIX. Gran parte de lo que se había publicado sobre ese período fue escrito por hombres, así que actualmente se conoce muy poco sobre lo que las mujeres pensaban y sentían en aquel entonces. Además, me cautivó descubrir que el ‘shogun’ de finales de ese siglo tenía un harén con 3.000 mujeres. Todas ellas fueron obligadas a jugar que mantendrían el secreto incluso cuando el harén fuera desmantelado, por lo que casi no quedó material escrito sobre el asunto. Para mí fue apasionante investigar sobre la vida en un palacio donde sólo vivían mujeres. También resultó curioso descubrir qué habían hecho todas aquellas concubinas cuando el ‘shogun’ fue expulsado del poder en 1868. Hay muy pocas pistas sobre dónde fueron y qué fue de ellas, así que usé la imaginación para conjurar a esas 3.000 mujeres e imaginar qué les ocurrió.

2-Viviste quince años en Japón y te relacionaste con geishas, antiguas concubinas… ¿Qué es lo que tanto te fascinó de la cultura de las concubinas?
-El padre del actual emperador anunció en su momento que él no tendría concubinas, pero sus antecesores tuvieron muchas. Los japoneses ricos todavía conservan a sus amantes, del mismo modo que lo hacen los occidentales adinerados. Y es que en Japón todo lo tradicional tiene mucho valor. La gente todavía practica la ceremonia del té, aprende a arreglar flores y practica el arte de la poesía y la caligrafía. Esto hace que muchas japonesas, y también al igual que muchas mujeres occidentales, crean que la mejor forma de mantener un buen matrimonio pasa por dejar que sus maridos sean felices, aun cuando esto vaya en contra de sus propios derechos. Y eso es lo que facilita que continúen existiendo concubinas.

3-Tu novela muestra el tránsito de la sociedad tradicional japonesa a la sociedad moderna. ¿Qué te parece la actual cultura japonesa?
-El Japón contemporáneo es uno de los lugares más excitantes del mundo. En primer lugar, se trata de un país moderno y deslumbrante. Tokio es una ciudad del siglo XXI, con la que no se puede siquiera comparar otras capitales mucho más apagadas como Londres, París y Madrid, y con la que tampoco se puede comparar la otra gran ciudad del mundo, Nueva York, que es antigua al lado de Tokio. No obstante, entre los japoneses todavía se mantiene cierto estilo de vida arcaico. El entorno puede haber cambiado, pero su corazón es el mismo. En el campo siguen alzándose pueblos antiguos muy hermosos, en los que la gente disfruta yendo a balnearios, por poner un ejemplo.

4-¿Cómo era la vida de una concubina en el Palacio de las Mujeres del Castillo de Edo, lugar donde ambientas la novela?
-Las mujeres que vivían ahí provenían de familias aristocráticas. El palacio era un lugar hermoso decorado con oro y otros caprichos lujosos. Además, estaba rodeado de bosques y jardines donde las mujeres podían remar o pasear. Ellas se entretenían hacienda competiciones de poesía, ceremonias del té, juegos de incienso… Por otra parte, no había guardianes, así que ellas mismas se encargaban de defender las necesidades del ‘shogun’: preparaban sus visitas, lo afeitaban y le refrescaban la boca, le cuidaban… Las concubinas se maquillaban con colores blancos, pero pintaban sus ojos de negro, se retocaban las mejillas y los labios con tonos rojos, se engrasaban y peinaban el pelo… Cada día lucían un nuevo peinado y un nuevo kimono. El ‘shogun’ visitaban el lugar tres veces al día y todas las mujeres esperaban escuchar de sus labios una pregunta: ‘¿Cuál es tu nombre?’. Era la contraseña que indicaba que el ‘shogun’ quería verlas en su cama esa misma noche. Había un ritual para cuando una concubina pasaba la noche con él: la joven era desnudada y se comprobaba que no llevara armas. Además, las viejas comprobaban que fuera virgen, en caso de que fuera su primera vez que supuestamente yacía con un hombre, y sólo entonces la llevaban a la cama. Mientras la pareja hacía el amor, dos damas de honor custodiaban el lecho, mientras que otras dos escuchan todo lo que se decía, con la intención de impedir que la concubina hiciera alguna petición respecto al bienestar de su familia. El motivo por el que no se dejaba entrar a otros hombres en palacio era para asegurar que si alguna concubina quedaba embarazada, realmente fuera de un hijo de ‘shogun’. En los 250 años que los ‘shogun’ gobernaron en Japón, sólo dos hijos nacieron de sus esposas, siendo el resto de las concubinas.

5-¿Qué te parecieron las ‘Memorias de una geisha’ de Arthur Golden?
-Me pareció un libro precioso, pero escrito por un occidental para lectores occidentales que buscaban una historia occidental. Básicamente era la historia de Cenicienta. Yo he pretendido mostrar a mis lectores los sentimientos propios de una japonesa del siglo XIX. Porque esa gente fue criada de un modo muy distinto al nuestro, por lo que en muchos aspectos no sentían ni creían las mismas cosas que nosotros.

6-Ésta es tu primera novela. ¿Cómo ha sido el salto del periodismo a la literatura?
-He sido muy feliz adentrándome en esta etapa de mi vida. He investigado y leído mucho, aunque he disfrutado más creando a los personajes. Escribir ficción es muy diferente a ejercer el periodismo. Por suerte, lo que me ha facilitado el camino es que mis libros de no-ficción me entrenaron para crear personajes. Además, toda la información acumulada durante años me sirvió para escribir ‘La última concubina’.

7-Has escrito libros sobre cocina japonesa, biografías de personalidades japonesas, ensayos sobre geishas y ahora una novela sobre concubinas. ¿Qué otros aspectos de la cultura japonesa tocarás en tus siguientes libros?
-Mi siguiente libro será otra novela. Me encanta el siglo XIX japonés y quiero continuar con la ficción. Pero no sé sobre qué tratará. Conozco muchos aspectos de esa cultura, así que puedo continuar por esa misma línea, porque todavía quedan muchas cosas que me gustaría decir.

8-¿Crees que los occidentales tenemos una visión distorsionada sobre Japón?
-Muchos occidentales desconocen absolutamente Japón. Sus conocimientos provienen de la televisión, los cómics manga y las películas anime, los dramas sobre samurais… Evidentemente, es muy difícil conocer la cultura de un país sin haber estado allí. Muchos japoneses me han dicho que Inglaterra está siempre llena de niebla y que los ingleses son unos caballeros al estilo Dickens. Por supuesto, Inglaterra ya no tiene nada de eso. Pues lo mismo ocurre con la visión que los occidentales tenemos de Japón.

Publicado en YO DONA digital, mayo 2008

16 de mayo de 2008

Mark Twain en vivo

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David Torres, el refugio de la infancia


Al principio David Torres guarda las distancias. El autor que quedara finalista del Premio Nadal 2003 con ‘El gran silencio’ se esconde tras las gafas de sol durante el grueso de la entrevista y sólo descubre su mirada cuando restan pocas preguntas, es decir, cuando se ha asegurado de que el periodista no le busca las cosquillas. Realmente, parece un hombre desconfiado. Si usáramos una de las metáforas que tanto abundan en sus ‘Bellas y Bestias’ (La Noche Polar) –recopilación de sus retratos de personajes madrileños en suplemento M2 de ‘El Mundo’-, diríamos que David Torres es como San Pedro empuñando su espada antes de que los centuriones apresen a Jesús, y si buscáramos un símil con Roberto Esteban, protagonista de ‘El gran silencio’ ahora rescatado en ‘Niños de tiza’ (Algaida) –novela negro-social sobre la infancia de ese personaje en un barrio madrileño durante la Transición española y ganadora del XXX Premio Tigre Juan-, compararíamos a Torres con un boxeador estudiando a su contrincante.

-En tu blog de Hotel Kafka comentas que no te gustan las novelas de tintes autobiográficos, pero al mismo tiempo reconoces que en ‘Niños de tiza’ hay aspectos de tu propia infancia.
-En casi todas mis novelas oculto mi rostro tras varias máscaras, pero en ‘Niños de tiza’ he cedido la escenografía de mi infancia en un barrio madrileño durante los últimos años del franquismo. He querido rendir homenaje a los niños que vivimos esa época mientras jugábamos en la calle. Esos niños eran de tiza porque alguien los borró de la pizarra donde estaban dibujados, diluyéndolos entre dos generaciones, la de los chavales de Franco y la de los críos de la Gameboy. Nosotros estamos en medio y no se sabe muy bien ni de dónde venimos ni a donde fuimos.

-Últimamente han surgido varios autores de tu quinta que también han retratado esa época: Carlos Peramo, Javier Pérez Andujar, Cristina Grande…
-No los he leído, pero resulta lógico que estemos en el mismo punto. Además, el hecho de que los autores de mi edad estemos abordando ese tema es bueno, porque literariamente la infancia es un tema muy difícil. Hacer hablar a un crío cuesta mucho. En mi caso, estoy orgulloso de haber recuperado ciertos giros del habla que ya se han perdido, como el uso de la palabra ‘macho’ en vez de ‘tío’.

-Leo en la novela: ‘No sé en otros barrios, pero en el mío no era fácil ser niño’. Y leo en el autorretrato que incluyes en ‘Bellas y Bestias’ que de pequeño recibiste bastantes collejas.
-Como ocurre en toda novela, yo también he corregido la historia. Si fuera un libro de memorias, contaría la verdad, pero no lo es, así que mezclo mis recuerdos con los del protagonista. Roberto Esteban es la personificación del tipo que me hubiera gustado ser, pero que no fui: un matón con buenos sentimientos. El personaje es una reedición del eterno de Don Quijote: un caballero andante obsesionado por hacer justifica donde no la hay y que, pese a sus buenas intenciones, será mal visto allá donde vaya.

-¿Qué es más fácil: crear un personaje nuevo o reconstruir uno que ya existía en ‘El gran silencio?
-Depende. Durante la escritura de ‘El gran silencio’ me encariñé de Esteban, principalmente por su chulería y sus réplicas. Desde un principio me pareció un tipo muy divertido. Recuerdo que al principio temí que las lectoras no lo entendiesen, más que nada por parecerles un boxeador demasiado rudo, pero muchas mujeres me han dicho que es un personaje muy atractivo. Por otra parte, a la hora de reconstruir al protagonista que ya usaste en otra novela, te ves obligado a respetar ciertos enganches, como pueda ser la sordera de Esteban. Por suerte, en ‘El gran silencio’ la infancia de Esteban ya estaba apuntada, así que sólo he tenido que matizar todas aquellas pistas.

-La escena donde describes a esos vendedores de pollitos coloreados artificialmente es una de las más contundentes del libro. Sobre todo cuando aseguras que esos pollitos ejemplificaban la estafa del futuro, porque inevitablemente perderían el color cuando crecieran. ¿Crees que los de tu generación se han sentido estafados respecto al futuro?
-Eso es algo que le pasa a todas las generaciones. Por eso me interesa la gente que continúa llevando un niño dentro, la que sigue viendo la vida como un pollito de colores, aun cuando sea evidente que se convertirá en un pollo espantoso. Me gustan las personas que, pese a haberse decepcionado varias veces, siguen pensando que todo mejorará, actitud obviamente infantil.

-En ‘Niños de tiza’ tocas muchos palos: novela social, realista, histórica, de formación…
-Pero yo me quedo con la novela negra, que siempre incluye algo de novela social y que, siendo como un corte vertical sobre la sociedad, te permite mostrar todas las capas sociales. Lo de la novela histórica es evidente, porque, aunque la gente tienda a pensar que lo histórico tiene que tratar sobre el Medievo, lo cierto es que la Transición ya es historia. Ya no queda nadie con la personalidad que tenía en aquel entonces. Hace treinta años, en esta plaza donde nos encontramos, había niños corriendo en pantalones cortos, tirando piedras a los perros, cruzando la calle a lo loco… Y hoy no hay un solo niño. Porque fueron borrados de la pizarra. Ya no están y las nuevas generaciones son absolutamente diferentes.

-En la novela dices que el boxeo es como la vida. Y la literatura española, ¿cómo es?
-Aunque los escritores seamos muy competitivos, no podemos comparar la literatura española con el boxeo. Porque los autores españoles han perdido el centro del cuadrilátero, si es que alguna vez lo tuvieron. Ni siquiera los franceses, que eran aquellos lugartenientes de los que hablaba Walter Benjamín, han conseguido mantenerse en el ring. Quizá el cine ocupa ese puesto, aunque no el cine español, claro está. Lo más lógico sería pensar que hoy el centro del cuadrilátero lo ocupa todo lo virtual.

-Aprovechando este comentario sobre lo virtual y aprovechando también que fuiste un niño de la Transición, ¿tú eres nocillero?
-Lo soy porque comía Nocilla de pequeño. Por nada más. Tengo muy buena relación con Agustín Fernández Mallo, pero creo que en torno a él se han agrupado una serie de elementos que no tienen nada que ver con su trabajo. Además, la supuesta novedad de la propuesta Nocilla no es tal. Existe desde Cortázar. Puede que incluso desde antes. Por eso la vanguardia literaria española me recuerda más a una retaguardia que a otra cosa. Por suerte, muchos escritores nos hemos dado cuenta de eso e, igual que los músicos han vuelto a la tonalidad, nosotros hemos retomado nuestra función de simples contadores de historias.

-Hablando de ‘Bellas y Bestias’, ¿qué diferencia hay entre el ‘Señoras y Señores’ que escribió Juan Marsé en el ‘Por favor’ de los 70 y tus retratos publicados en ‘El Mundo’?
-Marsé es la diferencia. (Risas). Juan Marsé tiene una de las prosas más espléndidas de este país, sólo comparable a la de Delibes. Por otra parte, yo estaba limitado a personajes muy vinculados a Madrid, así que no pude retratar a tipos tan interesantes como Bush y Putin, cosa que me habría encantado hacer.

-Los retratos de este libro fueron escrito a lo largo de todo un año para ser publicados en el suplemento M2 de ‘El Mundo’. ¿Qué pensaste cuando leíste del tirón lo que habías ido escribiendo de un modo pausado?
-Me di cuenta de que el campo semántico se repetía. Además, siempre comparaba a las mujeres con hadas y a los hombres con personajes bíblicos. No tengo hermanas, así que supongo que mi visión de las mujeres está idealizada, y así me va. En cuanto a los hombres, pues no sé por qué, pero siempre los imagino relacionados con asuntos bíblicos. Pero tampoco voy tan desencaminado, porque Javier Krahe tiene realmente pinta de niño-santo y Sabater parece realmente un profeta…

(Publicado en Qué Leer, junio 2008)

14 de mayo de 2008

Jacqueline Pascarl, la princesa de los niños


Jacqueline Pascarl (Australia, 1963) se casó con el príncipe malasio Raja Datuk Kamarul Bahrin Shah cuando apenas contaba 17 años. Poco tiempo después, cuando su marido se hizo con una segunda esposa y empezaron los maltratos, abandonó el país con sus dos hijos: Iddin y Shahirah. Pero en 1992, cuando aquella historia parecía haber quedado relegada al olvido, su ex marido secuestró a ambos niños, obligándola a emprender una cruzada por todo el mundo que ahora se publica bajo el título 'Desde que fui princesa' (Booket), memorias donde Pascarl narra sus años de activismo en pro de los derechos de los niños perdidos.

Así pues, esta autobiografía cuenta la lucha de Jacqueline Pascarl en favor de cuantas madres y padres se vieron privados un buen día de sus descendientes, así como sus viajes durante la elaboración de un documental ('Empty Arms-Broken Hearts') sobre ese mismo asunto, la creación de un sistema de alfabetización en el continente africano, su participación en el programa humanitario de la ONG CARE Internacional, y otro sinfín de batallas siempre destinadas a hacer tanto ruido como fuera posible para lograr que sus niños volvieran a casa.

-Has declarado que escribiste 'Desde que fui princesa' a petición de tu hija Shahirah.
-El libro surgió de mis experiencias como Embajadora Especial en un programa de ayuda humanitaria, así como de defensora de los derechos de los niños secuestrados por sus padres. Mi hija mayor, Shahirah, me pidió que escribiera sobre mis experiencias con la esperanza de que difundiera la idea de que todos somos compatriotas de un único mundo, cosa que es especialmente cierta en lo referente a la necesidad de aliviar el dolor de otros seres humanos y de luchar contra la abducción de hijos por parte de sus padres.

-Tu historia, además de un ejemplo para los padres de todo el mundo, también es la historia de una superación personal. ¿Qué dirías a los padres que no saben cómo reaccionar ante el secuestro de sus hijos?
-Primero, que sólo contraten a abogados que tengan experiencia en el campo de la Convención de la Haya; segundo, evitar una actitud victimista. Hay que ser fuerte y luchar por tus hijos de un modo no violento. En tercer lugar, registrar todas las ocasiones en las que trates de comunicarte con ellos, fotografiar los regalos que les envíes, guardar los resguardos de las compras, etcétera. Así, cuando tus hijos regresen a tu lado, tendrán una evidencia de que estuviste luchando por ellos. Esto es importantísimo para su estabilidad mental. Y por último, mantener siempre y en todo momento la fe en la recuperación de vuestros hijos.

-En el libro comentas que el Príncipe se casó contigo porque encontró en ti 'a una chica a la que podía moldear y convertir en el tipo de princesa que él deseaba'. Después de todo lo que has sufrido, ¿qué queda de aquella chica?
-Me casé con diecisiete años y ahora soy una mujer adulta con el intelecto formado y con un montón de experiencias a mis espaldas. Jamás volveré a definirme como una mujer moldeable. Ahora me conozco a mí misma y he aprendido que soy una mujer que difícilmente aceptará un no por respuesta.

-La elaboración de tu documental sobre niños secuestrados por sus propios padres en todo el mundo, así como la fundación de tu asociación para ayudar a esos mismos niños ('Empty Arms Network'), te ha permitido conocer cientos de casos parecidos al tuyo. ¿Cuál es el que más te afectó?
-Probablemente el caso de un chico británico que llegó a ser secuestrado hasta cuatro veces por un padre que además era muy violento. Por desgracia, durante el último secuestro, su madre desarrolló un cáncer de pecho y murió antes de acabar con su batalla legal, dejando a tres hermosos niños detrás de ella. Le acompañé durante su agonía y cuando murió tuve noticia de que su ex marido, que poco después acabó entre rejas, celebró su fallecimiento con una botella de champán.

-¿Cuál es la situación de los niños secuestrados por sus padres en Europa?
-La supresión de fronteras en la Unión Europea permite que los niveles de abducción sean muy elevados. Quizá si se enseñara a la gente que los hijos no son posesiones materiales a dividir tras un divorcio, se conseguiría que la situación no fuera tan triste. También sería importante que la Interpol y la justicia internacional asumieran que el secuestro de hijos es un crimen contra la infancia.

-En tu libro llamas 'grupo de tiburones' a los periodistas con quienes tropezaste durante tu lucha. Teniendo en cuenta que tú también eres periodista, ¿qué consejo darías a los colegas que abordan el secuestro infantil en sus reportajes?
-Entiendo que los titulares exagerados ayudan a vender periódicos, pero nadie debería hacer creer a la gente que detrás del secuestro de un niño hay una historia de amor. Los secuestradores raramente actúan por amor, siendo más bien la venganza y el odio lo que los mueve. Tanto mi trabajo como el de otros colegas ha cambiado la percepción que hasta la fecha se tenía del secuestro infantil, ayudando a que se entienda que las víctimas siempre son los niños.

-Aunque sea un caso muy distinto, ¿qué opinas sobre el tratamiento que la prensa hizo durante los primeros meses tras el secuestro de Madeleine McCann?
-Es un caso realmente trágico. Algunos periódicos no han comprendido que Kate McCann y su marido son dos padres que sólo tratan de luchar por su hija desaparecida y por sus otros dos hijos no desaparecidos. No hay un manual sobre cómo debe de ser la víctima perfecta, ni sobre cómo debe comportarse ante la prensa, ni tampoco sobre cómo tiene que actuar para que los periodistas la juzguen positivamente. Como mujeres, somos a menudo juzgadas por nuestro aspecto o por nuestras manifestaciones sentimentales, cuando en verdad sólo queremos recuperar a nuestros hijos. Acusar a los McCann de asesinos sin tener la más mínima prueba es la demostración de que a muchos periodistas les importa un comino que este matrimonio tenga dos hijos más.

-Sufriste abusos sexuales durante tu infancia, maltratos durante tu matrimonio, secuestro de tus hijos tras tu divorcio, desprecio de las clases políticas durante tu lucha... ¿Has encontrado al fin la tranquilidad?
-Mis hijos y yo hemos luchado durante catorce años para volver a estar juntos y para recuperar los placeres de una vida familiar normal. Ahora todos estamos juntos por voluntad propia y gracias a mi lucha he podido ayudar a más gente. En este momento mi vida es rica porque es simple y porque he alcanzado cierta paz interior que me mantiene con los pies en el suelo.

Publicado en Yo Dona Digital, mayo 2008

9 de mayo de 2008

UNA GUERRA SIN FRANCOTIRADORES


Recuerdo la noche en que conocí a Roger Wolfe. Yo era un cadete del periodismo cultural y él un escritor extraordinario. Había viajado a Gijón para entrevistarle y estaba muy nervioso. Su trabajo le había erigido como el perfecto francotirador, el hombre que odia el conformismo burgués en el que todos vivimos, el escritor que rechaza el proyecto de la humanidad. ‘Preguntarse por el sentido de la vida es como preguntarle a un enfermo terminal que qué opina de los boqueroncitos en vinagre’, había escrito en ‘Hay una guerra’ (Huerga & Fierro, 1997). ‘Al que sale de la droga le queda el alcohol. Al que sale del alcohol, ¿qué le queda? ¿La droga? No me jodas. No le queda nada’, había disparado en ‘Hay una guerra’ (Renacimiento, 1995)
Y ahora mismo, mientras recuerdo la noche en que conocí a Roger Wolfe, por cierto una noche en la que yo estaba realmente asustado ante la posibilidad de sentarme ante el escritor más parecido a Bukowski de cuantos rondaban nuestra geografía, pienso que la nueva narrativa española ha terminado con la figura del francotirador. Leo libros y leo más libros y continúo leyendo más y más libros, y sólo descubro autores empeñados en demostrar la cuadratura de su ombligo, pero ninguna crítica feroz a la sociedad en la que vivimos. Por eso, en este momento, cuando me invade la nostalgia por la figura del escritor valiente, del autor comprometido, me refugio en mis recuerdos, remontándome a la noche en que entré en la Cafetería Dindurre y vislumbré al inglés en una esquina, el café sobre la mesa, la gabardina aún sobre los hombros, la mirada baja. Tardé en acercarme. Tardé tanto como tardaría un cazador de leones armado con un simple puñal.
Por suerte, pienso en el momento presente, los francotiradores no son una especie en peligro de extinción. Al menos no a nivel mundial. Hay escritores muy potentes que se pasan el día denunciando lo que ellos consideran nuestra ‘mierda de sociedad’ y con sus frases, mejor dicho sus disparos, nos recuerdan que una de las misiones del artista es la denuncia constante del mundo artificial en el que nos ha tocado vivir. Quizá sean autores que odian exageradamente la realidad, pero hay que reconocer que sus libros impiden que olvidemos que el sueño de la burguesía ha producido auténticos monstruos. Acabo de leer ‘Cementerio de las naranjas amargas’ (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), de Josef Winkler, máximo exponente de la llamada ‘literatura de la antipatria’, y me alivio recordando algunos párrafos (‘Con las cubiertas de mis libros preferidos fabricaré con cola la tapa de mi ataúd’), pero también han entrado en mi cerebro dos extranjeras afincadas en Barcelona -¿por qué todos los francotiradores de España tienen que ser forasteros?- que me han devuelto la esperanza en la valentía y el compromiso de los narradores: Virginie Despentes y Lydia Lunch (ambas autoras de Melusina).
Sin embargo, cuando regreso a los narradores españoles, en especial a los de mi generación, vuelvo a caer en la desesperanza y concluyo que el mercado ha triunfado sobre el alma, que toda la literatura nacional, incluso la que no lo parece, es mera literatura de entretenimiento, y que nadie denuncia el gran error llamado realidad. Y lo peor es que temo que nadie lo haga no porque los escritores tengan miedo a oponerse al sistema, sino porque ni siquiera ven motivos para ello. Y me pongo el primero en esa lista de cobardes, ciegos o simplemente estúpidos. Así que me repliego en mis recuerdos de la noche en que conocí a Roger Wolfe y me consuelo pensando que no está todo perdido.

Publicado en El Mundo (suplemento Tendències BCN) en mayo'08

25 de abril de 2008

LYDIA LUNCH: DESDE LAS TINIEBLAS DEL SEXO


Lydia Lunch es una artistas inclasificable, una mezcla entre el personaje de ‘Emily, the strange’ -con su eslogan ‘Emily no busca pertenecer, busca perderse’- y Miércoles Adams, la niña oscura de la Familia Adams. Fue una mujer clave en la escena underground del No Wave neoyorkino, así como performer, poeta, artista multimedia, impulsora del Spoken Word y cantante que llegó a colaborar con voces tan potentes como Nick Cave, Sonic Youth o Hubert Selby Jr., entre otros. Por si todo esto fuera poco, Lunch también es una excelente narradora, siendo uno de sus libros más famosos ‘Paradoxia. Diario de una depredadora’, una novela brutalmente sexual que publicó hace once años y que la editorial Melusina acaba de rescatar en España. Un auténtico privilegio para los amantes de la cultura alternativa y un consuelo para todos aquellos que creían que ya no existían francotiradores en nuestra escena literaria, dado que Lydia Lunch vive en Barcelona desde hace algún tiempo.

1-Su trabajo como artista siempre se ha caracterizado por la sinceridad en su discurso y la dureza en sus formas. ¿Podría usted definir el objetivo final de su trabajo?
-Mi intención siempre ha sido servir como ejemplo, convirtiéndome en una feroz guerrera independiente que usa todos los medios posibles para expresar sus obsesiones más profundas, así como para mostrar sus puntos de vista políticos más radicales.

2-'Paradoxia' es una novela tan cruda como auténtica. Pocas autoras se han atrevido a vomitar un discurso sexual de un modo tan claro como usted. Teniendo en cuenta que escribió esta novela hace más de once años, ¿qué siente cuando la relee?
-Sigue conmocionándome la forma poética que domina toda la obra, a pesar de la materia que aborda.

3-Es inevitable preguntarle cuánto hay de autobiográfico en esta novela.
-‘Paradoxia’ son las memorias de mi incesante búsqueda de unas experiencias lo más trascendentales posibles, de mi ansia por cualquier cosa que me suministrara altas dosis de adrenalina. Pero mi vida ha sido tan acelerada que lo interesante sería preguntar cuánto he dejado fuera de la novela.

4-¿Qué queda del Nueva York ensombrecido que describe en la novela?
-Absolutamente nada. ‘Paradoxia’ muestra la entrepierna sucia de una ciudad en quiebra en un momento en la que la desesperación, provocada por la pobreza, el sexo y las drogas, estalló en una necrópolis increíblemente emocionante y creativa. Era, en definitiva, una ciudad donde los extremistas tenían facilidad para prosperar. Abandoné Nueva York en 1990, porque se había convertido en una ciudad demasiado homogénea, limpia y cara. Me temo que está sucediendo lo mismo en Barcelona.

5-¿Por qué decidió asentarse en Europa, concretamente en Barcelona? ¿Qué encuentra en esta ciudad que ya no encontrara en Nueva York?
-Siempre he trabajado mejor en Europa: exposiciones, actuaciones, talleres, etc. Barcelona me cautivó a principios de los 80, principalmente por la atmósfera, la gente, la arquitectura, la historia, así como su extraña amnesia respecto a esa misma historia… Me pareció fascinante. Por contraposición, diré que Norteamérica se convirtió en un hermoso mentidero.

6-Todo su trabajo gira principalmente en torno a temas sexuales y políticos. ¿Cree que los escritores y/o artistas actuales no abordan estos temas con la sinceridad que se merecen?
-No puedo hablar por otros artistas, pero es cierto que yo siempre me he sentido como la persona que da voz a las minorías que quieren denunciar la autoridad que nos impone esta sociedad patriarcal. Soy una voz gritando desde los márgenes de la historia, lanzando su rabia al mundo con la esperanza de que mi pasión pueda actuar como catalizador para aquellas personas que no se atreven a hacer frente a sus propias pesadillas.

7-Usted ha rechazado en varias ocasiones en término 'feminismo' para definir su trabajo. ¿Qué tiene en contra de este término? ¿Qué otro término podría definirlo?
-Creo que todo el mundo necesita ser liberado de sus miedos, prejuicios, injusticias y opresiones salariales. No sólo las mujeres, sino todo el mundo. Porque el enemigo son las multinacionales y sus métodos capitalistas que tratan de esclavizar a todo el planeta.

Publicado en YO DONA digital, abril'08

13 de abril de 2008

BICENTENARIO DE NUESTRA GRAN GUERRA


A las puertas de las celebraciones por el bicentenario de nuestra Guerra de la Independencia, las editoriales cargan sus catálogos con novedades sobre dicha contienda.

Decir que debemos acabar con los tópicos sobre la llamada Guerra de la Independencia (1808-1814) se ha convertido en un lugar común. Y es que, desde hace algunos meses y a modo de adelanto ante la inminencia de las celebraciones por el bicentenario de dicho acontecimiento, docenas de historiadores, escritores, opinadores y demás intelectuales vienen repitiendo el latiguillo: los acontecimientos narrados magistralmente por Benito Pérez Galdós en sus ‘Episodios nacionales’ (concretamente en ‘La Corte de Carlos IV’, ahora reeditado por Alianza) y relatados también con maestría por Arturo Pérez Reverte en su ‘Un día de cólera’ (en breve reimpreso por Alfaguara en edición conmemorativa), deben ser pulidos de cuantas historiografías interesadas han convertido aquellos hechos en un cúmulo de leyendas heroicas en ciertos aspectos poco acordes con la realidad.
Por eso mismo, las editoriales llevan poco menos de un año preñando sus catálogos con novelas, ensayos, biografías y demás géneros narrativos capaces de abordar el conflicto desde ópticas distintas. Entre las obras más recientes habría que señalar el ‘libro de opinión’ (sic) de Rafael Torres, ‘1808-1814. España contra España’ (La Esfera de los Libros), donde el periodista y tertuliano, para la ocasión ‘afrancesado y josefino’, apunta algunas ideas interesantes sobre la posible influencia de dicha contienda en la Guerra Civil que habría de destrozar este país entre 1936 y 1939. En la misma editorial fueron publicados no ha mucho el ensayo ‘España, el infierno de Napoleón’, de Emilio de Diego, y las biografías ‘Memorias de Godoy’, de Enrique Rúspoli, y ‘José Bonaparte: un rey republicano en el trono de España’, de Manuel Moreno Alonso.
Evidentemente, no podemos aquí reseñar todos los libros aparecidos o en vísperas de aparición que abordan el mismo tema, porque la lista supera el espacio disponible, pero quizá sea interesante citar otros títulos igual de interesantes, como ‘La Guerra de la Independencia’ (Espasa) de José Antonio Vaca de Osma, ‘Sombras de Mayo’ (Casa de Velázquez), de varios autores, ‘Como lobos hambrientos’ (Algaba), de Fernando Martínez Lainez, o ‘El sueño de la razón indomable’ (Temas de hoy), de Ricardo García Carcel. Y, como apunte final, valga destacar dos libros que, aun no siendo novedad, se han impuesto sobre los demás, deviniendo en pocos años en clásicos de referencia: ‘La maldita guerra de España’, de Roland Fraser, y ‘La Guerra de la Independencia. Una nueva historia’, de Charles Esdaile, ambos en Crítica.

Publicado en YO DONA, abril'08